Biografía

Este poeta romántico, cuyo verdadero nombre era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836, en el seno de una familia de nobles flamencos que emigraron a finales del siglo XVI para comerciar, y pronto alcanzaron una próspera situación entre las familias sevillanas oligárquicas.

El padre, José Domínguez Insausti, que firmaba sus cuadros como José Bécquer, era un pintor costumbrista con ocho hijos, de los que el poeta hacía el quinto. Tuvo éxito pintando para los ingleses viajeros que compraban entusiasmados sus cuadros, lo que le permitió mantener holgadamente a su familia.

Desde niño Bécquer respiró, pues, un ambiente artístico. Pero cuando contaba cinco años murió su padre, y a los nueve, su madre, dejando a los ocho hermanos en una posición económica muy precaria. No pudo seguir unos estudios regulares que le proporcionasen un medio de vida y una ordenada sistematización en su aprendizaje. A los diez años ingresó en la Institución de San Telmo, donde se educaban en régimen de internado los huérfanos de familias de buena clase social, pero sin recursos económicos.

Allí conocerá a Narciso Campillo, el gran amigo que editará la obra del poeta años después, evitando que el nombre de Bécquer figurase en la nómina de periodistas y narradores perdidos en las páginas de la prensa postromántica.

Cuando en 1847 desaparece la Institución, el muchacho de once años que es entonces Bécquer pasa a vivir con su madrina, Manuela Monnehay, una mujer acomodada que disponía de una buena biblioteca. En su casa debió de leer por vez primera a Chateaubriand, Mme. Staël, Balzac, Byron, Musset, Victor Hugo, Espronceda, Hoffmann..., nombres claves que añadirá a su amor por los poetas clásicos y renacentistas.

Siguiendo la tradición familiar, comienza sus clases de dibujo con Cabral Bejarano, y poco después ya viviendo con sus hermanos, se integra en el taller de pintura de su tío, Joaquín Domínguez Bécquer, en calidad de aprendiz, junto con su hermano Valeriano, que le acompañó fielmente en su vida, y que entonces comenzaba su carrera de pintor.

Pero Gustavo Adolfo tiene más afición por la literatura y, por consejo de su tío, se esfuerza en proseguir unos estudios humanísticos dirigidos por Francisco Rodríguez Zapata, discípulo de Alberto Lista, que inculcará en el joven poeta un inextinguible amor hacia un clasicismo renacentista de profunda tradición sevillana, con especial aprecio a los poetas del Siglo de Oro, en especial, Fray Luis de León, Herrera o Rioja. Un retrato de 1853 nos muestra al Bécquer de gusto clásico, fino y esmerado. En 1848, con sólo 12 años, Bécquer dedicará a la muerte de Lista su primer poema conocido.

Luego estudió también para marino, siempre en condición de pobre pero de familia noble.

Junto con Campillo y luego Julio Nombela, escribe poemas de corte clasicista que publica en revistas y periódicos locales. Julio Nombela será luego el autor de unas importantes memorias que reconstruyen gran parte del periplo vital becqueriano.

Los tres poetas forman una sociedad literaria y recogen sus poemas con la ilusión de publicarlos en Madrid y alcanzar fama.

El poeta se dejó vencer por el sueño de conquistar gloria y fortuna en Madrid. Abandonó Sevilla y, con la ayuda de su tío, llegó a la capital el 1 de noviembre de 1854, comenzando una etapa difícil en su vida. Tiene sólo dieciocho años de edad. Allí está ya Nombela y allí llegará Campillo poco después.

Su llegada había sido precedida de dos poemas publicados: un Soneto y La plegaria y la corona, que habían aparecido en la revista madrileña El Trono y la Nobleza en diciembre de 1853 y mayo de 1854, respectivamente.

En Madrid la gloria resulta bastante inaccesible. Bécquer sufre una apremiante penuria económica mientras se agota en un trabajo incesante, que no reporta resultados positivos. Obtuvo un empleo en la dirección de Bienes Nacionales, que perdió al ser sorprendido por su jefe cuando dibujaba en horas de trabajo. Colabora en los periódicos intensamente, hasta donde le permiten y durante los años que van de 1856 a 1861 se introduce en la vida literaria de Madrid. Tuvo que hacer de todo: biografías de políticos a destajo, traducciones, chupatintas en una oficina pública, dibujos, artículos, etc.

Cuando el poeta llega a Madrid en 1854, triunfa la intentona liberal-popular de O'Donnell, la Vicalvarada. Políticamente la familia Bécquer estaba identificada con la Sevilla oligárquica. Por eso el poeta exhibe su espíritu satírico frente a la revolución en unos dibujos que se conservan en un álbum denominado Los Contrastes, o Álbum de la Revolución de Julio de 1854, por un Patriota.

Hasta 1860, en que otro de sus grandes amigos y editores de su obra póstuma, Rodríguez Correa, le consigue un empleo fijo de redactor en el periódico conservador El Contemporáneo Bécquer conocerá las privaciones y la forzosa bohemia que sufren los escritores. Para poder vivir, el poeta tiene que dedicarse a la adaptación de comedias y Zarzuelas, en colaboración con sus amigos García Luna y Rodríguez Correa como La novia y el pantalón (1856), en que satiriza el ambiente burgués y antiartístico que le rodea, y también La venta encantada, basada en el Quijote.

En 1857 publica la primera entrega de su Historia de los Templos de España. La tarea acapara todas las energías del poeta sevillano en aquellos dos años: busca financiación, alquila un piso para sede de la redacción, y se pone en contacto con historiadores, arqueólogos y literatos. Pero a pesar del enorme esfuerzo desplegado, el proyecto no puede completarse. A él se debe, sin embargo, su amor hacia Toledo, desde que aquel año, en compañía de un dibujante y un fotógrafo se traslada allí, con objeto de vistar la Catedral.

Aunque inacabado por excesivamente ambicioso, el proyecto reunió a grandes especialistas, y mostró las dotes organizativas del poeta.

En 1858, cansado y debilitado por el trabajo y las penurias, cayó gravemente enfermo. Contrajo tuberculosis, enfermedad que ya no le abandonaría y que habría de ocasionarle la muerte años más tarde. Le asisten su hermano Valeriano y su amigo Rodríguez Correa, quien, para encontrar recursos, rebusca entre los papeles de Gustavo Adolfo y encuentra la primera de las leyendas publicadas, El caudillo de las manos rojas, de ambiente hindú y de un exotismo orientalista bastante nuevo en España. En 1859 publica también su primera rima.

Bécquer participa además en las tertulias artísticas en lugares públicos (cafés) o privados (casas particulares) proliferaron extraordinariamente en el siglo XIX. El sevillano y sus amigos, todos jóvenes, acudían a la tertulia de los Espín. El poeta leía sus versos y manifestaba sus excelentes dotes musicales. Joaquín Espín, maestro director de la Universidad Central, profesor de solfeo en el Conservatorio y organista de la capilla real, protegido de Narváez y bien introducido en palacio, tenía dos hijas, Julia y Josefina, y daba alguna tertulia musical en su domicilio.

Julia, nacida en 1838, soñaba con llegar a ser una cantante de ópera famosa, como su tía bisabuela materna Colbrand, primera esposa de Rossini. En 1856 había cantado ante los reyes, estudió en el extranjero, actuó en La Scala de Milan en 1867 y en Rusia en 1869.

En 1873, dos años después de muerto el poeta, casó con Benigno Ortega, que llegaría a ministro de la Gobernación. De Josefina se sabe poco. Las primeras rimas becquerianas manifiestan un posible galanteo con las hijas de Espín.

Pero ninguna de ellas, con aspiraciones más altas, le consideraban un partido adecuado, y le disgustaba el ambiente bohemio en que vivía. En suma, un nivel social inasequible para el poeta, que nunca se declararía abiertamente, aunque las convierte en su ideal femenino y musas de sus mejores Rimas. Aún en diciembre de 1860 Gustavo Adolfo elige para su ahijada, hija de Valeriano, el nombre de Julia en homenaje a su amada. Ese mismo año dedica a Josefina Espín -hermana de Julia- la rima XXVII, al escribirla en su álbum poético.

El poeta se casa en 1861 con Casta Esteban y Navarro, a quien había conocido en la consulta de su padre, a la que Bécquer acudía para tratarse de una enfermedad venérea.

Son años fructíferos en los que el poeta publica la mayoría de sus rimas y leyendas y se hace un nombre, además de poder mantener una familia con hijos. Pero en la intimidad de sus escritos el poeta se duele del fin de sus ilusiones.

De 1858 a 1863, la Unión Liberal de O'Donnell gobierna España. En 1860, González Bravo, personaje importante de la oposición conservadora de Narváez, con el apoyo del financiero Salamanca, fundan El Contemporáneo, dirigido por José Luis Albareda y en el participan redactores de la importancia de Valera.

Rodríguez Correa, ya redactor del nuevo diario, consigue que entre Bécquer. Se trata de hacer oír la voz del ala liberal del partido moderado. En este periódico el poeta hará de todo: crónica de salones, arte, política, literatura o, incluso alguna vez, comentarios sobre la crisis económica de 1866.

El fenómeno es típico de la Europa burguesa de mediados del XIX: el poeta convertido en periodista, que provoca una radical esquizofrenia, pues por una lado desprecia la escritura que producen para ganarse el pan dirigiéndose a lectores medios incapaces -según ellos- de visión poética y, por el otro, ensalzan como nunca antes en la historia de la literatura la pureza de la poesía como expresión de lo privado, dirigida a los pocos que, como el poeta mismo, rechazan los quehaceres utilitarios y mediocres que se ve obligado a emprender para sobrevivir.

Llega a ser protegido del ministro Luis González Bravo, el responsable -junto con Narváez- de la represión violenta de los últimos años del reinado de Isabel II.

Bécquer no sólo tiene una estrecha relación con los políticos más reaccionarios de la capital, y es justamente esa proximidad lo que le proporciona su trabajo de censor ideológico.

A su ascenso artístico y social le acompaña un aburguesamiento paralelo al de la sociedad madrileña postromántica, realista y poco sensible.

Con el fin de reponerse de su quebrantada salud, a finales de 1863 se retira al Monasterio de Veruela acompañado de su familia, en la que se incluyen Valeriano y sus niños. Con algún viaje a Madrid, en Veruela Gustavo Adolfo dibuja junto a su hermano y escribe sus Cartas desde mi celda que van apareciendo en las páginas de El Contemporáneo.

A finales de 1864, de nuevo en Madrid, el ministro de la Gobernación en el Gabinete Narváez, Luis González Bravo, admirador y protector del poeta, nombra a éste censor de novelas con un sueldo fijo y sustancioso. Comentaban algunos de sus amigos que Bécquer no ejercía esta función con gran rigor; paralelamente, tampoco encontramos en sus comentarios políticos una gran virulencia reaccionaria (con excepción, tal vez, de sus patrioteras páginas acerca de la guerra contra Chile y Perú).

En 1868 descubre que su esposa Casta es infiel y se separa de ella, quedando los dos hijos a su cargo. Al mismo tiempo, con la revolución pierde su puesto oficial, al tiempo que cae el ministro, protector y admirador de Bécquer Luis González Bravo, quien le había pedido que reuniese sus poesías para financiar su publicación.

Así lo hizo el poeta, organizando sus rimas, con prólogo del ministro. Pero en los disturbios de la revolución el palacio de González Bravo fue asaltado y el manuscrito se perdió.

En el verano de 1868, en Noviercas, rompe violentamente con Casta. Bécquer abandona el domicilio de los padres de su mujer, con quienes estaba, llevándose a sus dos hijos -el tercero nacerá poco después- y vive con Valeriano y sus sobrinos en Toledo. Allí pasan cerca de un año, y Gustavo Adolfo comienza el Libro de los Gorriones, conjunto inacabado de prosas y poemas en donde escribe de memoria las rimas que recuerda del libro perdido.

Los Bécquer no volvieron a Madrid hasta 1870, cuando amainó el vendaval revolucionario. De nuevo en la capital convencieron a Eduardo Gasset para que fundase La Ilustración de Madrid, en la que el poeta sería el director y Valeriano dibujante. El horizonte vuelve a aclarase. Viven en Madrid de nuevo y Casta, reconciliado el matrimonio, vuelve al domicilio familiar con el tercer hijo. Colaboran estrechamente ambos hermanos en multitud de dibujos con texto, hasta que el 23 de septiembre de 1870 muere Valeriano. Rodríguez Correa, que ha prosperado mucho, se lleva al poeta y los hijos a un lujoso piso en la calle Claudio Coello, en el barrio de Salamanca.

En el riguroso invierno de 1870, muerto ya Valeriano, Gustavo Adolfo parece presentir ya su final, y escribe el que fue probablemente su último artículo, Las hojas secas, donde dos hojas encuentran en el torbellino de polvo y frío que es su presente, mientras añoran su pasado luminoso. Un mundo de luz donde no existía la oscuridad, ni el frío... ni la muerte. Pero un día descubren aterrados en lágrimas de una joven que oscuridad, frío y muerte son una terrible presencia. Porque contemplan el dolor de una muchacha que dice: Lloro por mí. Lloro por la vida que me huye. Y porque el poeta ya sabe en ese diciembre de 1870 que no puede ya remontarse hacia ningún día de sol, donde gozar juvenilmente del color, la luz y el oro de Andalucía.

El poeta muere. Inmediatamente, los amigos, especialmente Ferrán y Correa, iniciaron los trabajos para editar y financiar la publicación de las Obras Completas del malogrado amigo, que en sucesivas ediciones fueron incorporando la mayoría de los textos que hoy conocemos del poeta.

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