Pero a diferencia de Larra o Espronceda, para quienes el periódico era un instrumento en la lucha por la difusión de las ideas revolucionarias, vehículo de transformaciones sociales que propiciaba nuevas maneras posibles de producción literaria, para Bécquer es un mezquino y esclavizante medio de subsistencia. No es un periodista vocacional, y esto unido a sus funciones censoras marcan su doble vida: por un lado la exterior, prosaica, mezquina, gris, y por el otro la interior, emotiva y sensible. Se enamora de una mujer socialmente inalcanzable, por lo que se casará con otra; escribe y censura; publica lo que redacta de forma mecánica, mientras no consiguen ver la luz sus mejores relatos y poemas; no le gusta el universo que le rodea, pero cuando en 1868 una revolución pretende cambiarlo, él huye porque lo necesita, vive de él y al mismo tiempo lo alimenta con su escritura.
Escribe por ejemplo, crónicas de sociedad en su Revista de Salones, donde describe la toilette de las damas de la aristocracia madrileña. También se ocupa como corresponsal, de cubrir la información de la inauguración del ferrocarril del Norte. Todo entre una gran mayoría de artículos descriptivos, producto de su apasionado fervor por la belleza plástica, el arte, la pintura, el dibujo y la arqueología.
En tan amplio espectro de escritura, no puede hablarse, por tanto, de coherencia en la labor de articulista del sevillano.
Sí puede afirmarse que su descripción periodística también fue siempre unida a un innegable subjetivismo, porque el intimismo becqueriano traspasa las fronteras de la simple información. Algunos de sus artículos periodísticas puros (Entre sueños, por ejemplo, de l863, o algún artículo narrativo, como Las hojas secas) son absolutamente básicos para adentrarnos en el mundo poético y vivencial de Bécquer.
Dentro de todo ese conjunto de artículos y crónicas destacan, por distintas razones, tres series de trabajos: las Cartas literarias a una mujer, dentro del ensayo sobre poética, las Cartas desde mi celda, y el conjunto de artículos sobre costumbres populares en colaboración con su hermano Valeriano, de excepcional importancia para la historia del reportaje periodístico español, pero que tal vez incidieron en el creciente abandono por parte de Gustavo Adolfo del artículo narrativo, el relato o la leyenda desde 1865 en que comienza la serie.
En 1863, a la llegada de los hermanos Bécquer a Veruela, Valeriano, que está dibujando y pintando intensamente, se fijó en el estudio de las costumbres populares. En aquel monasterio surgen, pues, sus primeros cuadernos de costumbres aragonesas y sus dibujos sobre el monasterio. Incluso una parte de la vida cotidiana de la familia Bécquer se verá reflejada en su álbum sobre la Expedición a Veruela, conservada hoy en día en la Universidad de Columbia, con un primer dibujo fechado el 30 de diciembre de 1863.
A su vuelta a Madrid, Valeriano obtiene una pensión del Ministerio de Fomento de 1.000 reales al año para viajar por España dibujando escenas costumbristas, documento gráfico que debía traducirse en dos cuadros anuales que entregaría al Estado. De ellos Valeriano hizo hasta ocho, en los tres años que duró la pensión, hasta la revolución de 1868, que acaba con ella, como con el cargo de fiscal de novela, de su hermano. De esos apuntes, de esas fotos documentales tomados del natural, efectúa a continuación grabados en madera, porque le son solicitados para su publicación en El Museo Universal. Y ese excepcional documento gráfico aparece entre 1865 y 1870, con lo que en lenguaje actualizado podemos llamar pies de foto. Pero unos pies de foto de carácter excepcional porque son redactados por Gustavo Adolfo.
La serie se inicia el 11 de junio de 1865, con la publicación de El hogar, comenzando con el bloque aragonés, compuesto de trece grabados y textos en torno a Veruela y sus alrededores. Coincidiendo con la presencia de los Bécquer en Bilbao en 1864, el bloque aragonés se quiebra con cuatro grabados y textos sobre tipos y escenas vascas y dos sobre Madrid. En marzo de 1867 se inicia la serie soriana, que cubre la totalidad del año indicado. Y así, en consonancia con lo biográfico y resucitando viejos dibujos o antiguos recuerdos, la estrecha colaboración continúa hasta la muerte de ambos, a través sucesivamente de las páginas de El Museo Universal y de la Ilustración de Madrid.
De la afinidad estética entre dibujante y poeta, de su estrecha colaboración, de su fraternal admiración mutua y de su común conocimiento de la realidad reflejada y descrita, surgen las especiales características de este curioso proceso de doble comunicación. Porque el poeta, partiendo de idéntica visión y de análoga sensibilidad estética, completa la imagen o colorea el dibujo. O el dibujante narra, como en una foto fija, una acción referida por el escritor. Y en ocasiones, el poeta, sobre la imagen del dibujo superpone su propio recuerdo y su glosa literaria se cubre de sonidos, de evocaciones literarias, más allá del signo gráfico que comenta.
Pero desde el plano de la más estricta calidad literaria son las "Cartas desde mi celda", pese a su desigualdad genérica, la obra maestra del periodismo becqueriano. Y aludo a su desigualdad porque la serie comienza como un relato de viaje, continúa en la forma del ensayo y finaliza en el estricto relato. legendario, ya levemente asido a lo documental e informativo.
La carta literaria, como vehículo informativo, como fórmula de comunicación de una realidad observada, es algo plenamente consagrado en el periodismo, romántico. De hecho será ya plenamente utilizada los comienzos del periodismo, si recordamos que tanto en el Diario de los Literatos de España (1737), como en El Pensador (1762) y El Censor (1781) se utiliza para el comentario crítico la técnica de unos supuestos interlocutores lejanos, esto es, cartas de personas ficticias enviadas a otras que lo son igualmente. Desdoblamiento que siguió, por ejemplo, Larra en la serie de El pobrecito hablador. A través de esas supuestas cartas, el intelectual del XVIII crea una modalidad genérica, a manera de ensayo reducido, que llamaríamos hoy artículo de fondo y que tendría cabida primordialmente en las páginas de la prensa periódica. Sobre todo cuando estas cartas no se unían entre sí por un hilo argumental o temático.
Pero no olvidemos que este ensayo fragmentado -recordemos las Cartas eruditas y curiosas de Feijoo y toda la tradición epistolar del Renacimiento adoptando un aire de relato novelesco, había sido ya estructurado avalado por la difusión de las "Cartas persas" (1721) de Montesquieu, las "Cartas marruecas" de Cadalso, aparecidas éstas en el Correo de Madrid, a partir del 14 de febrero de 1789. Es decir, en un periódico, aunque la edición, en volumen de 1793, les diera su forma actual de libro. Los ejemplos podrían multiplicarse.
El género epistolar presupone de entrada un supuesto alejamiento espacial entre emisor y receptor. De ahí que se fusione con gran frecuencia con el recurso argumental del viaje del remitente, como es el caso de Montesquieu y Cadalso, entre otros muchos cultivadores, desde las impresiones de un viajero.
El procedimiento permite un distanciamiento entre el supuesto viajero y el objeto de su observación, que aparecerá convencionalmente ante su mirada como un extraño en sus usos, costumbres, creencias, paisaje, peculiaridades. Y se transmite a un destinatario que participa, por supuesto, de ese distanciamiento físico y espiritual. En el caso de Bécquer el viaje es real, desde luego. Pero Veruela y los habitantes de la región, el entorno aldeano, las creencias primitivas, la belleza salvaje y natural del mundo anticiudadano que contempla, se ofrecen a los destinatarios directos de sus cartas -los redactores de El Contemporáneo- al público ciudadano que las leerá impresas, como algo ajeno, casi exótico y de desconocida belleza. Y por supuesto, cubriendo lo informativo, documental de una maravillosa fantasía.
El conjunto de cartas está integrado por ocho artículos, publicados entre el 3 de mayo y el 17 de julio de 1864. Bécquer publicó una novena carta, también sobre Veruela, en octubre del mismo año, pero no pertenece a la serie: ni está dirigida a los redactores de "El Contemporáneo", ni se hizo bajo el título global de "Desde mi celda".
De las ocho cartas, las cinco primeras se ciñen a la crónica viajera primero, y al artículo-ensayo después, con enormes resonancias autobiográficas dentro de lo descriptivo. En este aspecto, la Carta III, con la descripción del cementerio aldeano y el autoanálisis extraordinario de la intimidad del autor, se convierte en un texto clave de toda la obra becqueriana. La Carta IV se evade ya de lo descriptivo para adentrarse en el ensayo puro; pero como curioso trampolín hacia el artículo de costumbres de la Carta V, en torno al mercado de Tarazona y "las antiguas costumbres y ciertos tipos del alto Aragón. A partir de ahí, el articulista cede el paso al narrador para relatar la historia de las brujas de Trasmoz. Primero la muerte de la tía Casca, como algo contemporáneo, luego la historia del castillo diabólico, ya dentro plenamente del tono de las Leyendas, y por último, las circunstancias de la aparición de la dinastía de brujas a la que pertenecía la tía Casca, con la historia del santo mosén Gil y su sobrina. Las tres últimas cartas tienen, por tanto, una entidad casi aislada, de tonos novelescos, dentro del conjunto. Pero son a la vez que tres narraciones, un vivo ejemplo de costumbrismo. Bécquer como en muchas de las Leyendas, es receptor de una historia que la voz del pueblo presuntamente le transmite. Depositario y emisor de un mundo de tradiciones y creencias en las que su fantasía poética supo descubrir un oculta belleza, y acrecentarla con su propia fantasía y con su personal genio creador.
La obra de Bécquer es, por tanto, un texto total y único, en donde los géneros literarios, además de interferirse, participan por igual de su cosmovisión, de su novísimo concepto poético, de su forma depurada. No importa que se tate de una rima varias veces reelaborada o de un artículo escrito a vuela pluma en su mesa de redactor. Porque jamás hay distanciamiento total en Bécquer. Su personalidad se revela en los personajes de sus Leyendas o en la confesión de sus Cartas, tanto como en el mensaje puramente lírico de sus versos. Un mensaje siempre intimista y subjetivo de profundísimo y certero poder de comunicación.