Poesía

En verso la creación literaria de Bécquer está recogida en las Rimas cuya primera edición, póstuma, fue costeada por los amigos del poeta en 1871. Consta de 76 poemas, tres menos que el manuscrito original. Hasta hoy han ido apareciendo piezas sueltas que han servido para enriquecer sucesivas ediciones hasta alcanzar la cifra de 94 poemas.

Habitualmente se considera la poesía de Bécquer como mera expresión de un dolorido sentir anímico, desengañado, amargo. Pero el sevillano demuestra una constante vocación de estilo y su misma poesía tiene como tema preferente la poesía en sí misma, por no aludir a sus Cartas literarias a una mujer. A pesar de esa aparente sencillez, no hay por tanto improvisación. Más bien habría que reconocer que esa sencillez es algo muy elaborado y meditado. Quizé precisamente por eso su poesía, como el conjunto de toda su obra, es muy escueta.

Su escritura responde a una reflexión teórica, a una meditada opción, tanto técnica como filosófica, que se fue elaborando progresivamente, desde los presupuestos herrerianos y neoplatónicos de su primera formación clasicista, hasta sus anticipos, tanto de una poesía simbolista, como de algunos aspectos del surrealismo, constituyéndose en el punto de partida de la lírica moderna.

Dos son las fuentes que bebe el poeta sevillano: por un lado Enrique Heine, a quien ha podido leer en 1857 en las traducciones que ha publicado Eulogio Florentino Sanz en El Museo Universal. Es un modelo de escritura intimista que ilustrará su búsqueda de una nueva poética alejada de la retórica. Por este surco Bécquer sigue la senda que el romanticismo había abierto, con poemas breves, directos, imaginativos y sugerentes.

Pero hay también en el sevillano otra influencia trascendental, no tan considerada la mayor parte de las veces: la poesía popular, redescubierta por Bécquer a través tanto de Heine, que traducía su sentir acogiéndose a las formas populares de la balada germanica, como de la lectura de La Soledad de Augusto Ferrán, cuya reseña publica en enero de 1861, reconociendo en este poemario el cantar favorito de mi Andalucía.

En la soledad de Madrid el poeta sevillano recuerda los cantares de su Andalucía, a la que ha sentido levantarse con sus días de oro y sus noches luminosas y transparentes como una visión de fuego del fondo de mi alma. Encuentra en la poesía popular, en esos cantares que entonan las muchachas sevillanas tras las celosías, la forma que mejor puede traducir la auténtica poesía, la poesía popular, esa lírica que se caracteriza por su verdad y su sencillez, que es una sentencia profunda, encerrada en una forma concisa, sin más elevación que la que le presta la elevación del pensamiento que contiene. Verdad en la abreviación, naturalidad en la frase.

Cierto que una primera lectura de las Rimas sugiere una sensación de inmediata sinceridad; precisamente uno de sus mayores aciertos es esa reconocible simplicidad con que desarrolla su temática. Esa claridad, esa aparente facilidad, era necesaria para captar al lector y adentrarle en la tesis becqueriana, en su mensaje neoplatónico. Lo escueto de su producción poética es correlativo a su concisión expresiva, típicamente impresionista, de trazo mínimo.

El poeta se ha desnudado de las sonoridades coreadas por ninfas, náyades y pastores, de su formación primera, aunque nunca del neoplatonismo que las nutría. Neoplatomismo y formas populares son las dos claves esenciales en el mundo poético becqueriano, por lo que cabe afirmar que estamos en presencia de una poesía de tesis, planificada y elaborada, mucho más que ante espontáneas declaraciones amorosas. El amor es sólo un trasunto del idealismo objetivo becqueriano, un símbolo del espíritu que recorre el universo.

Bécquer no alude a paisajes ni a objeto material alguno sino siempre a abstracciones. Es un poeta estrictamente intelectual. La tesis becqueriana escinde el universo en la idea y la forma, en lo espiritural y lo material, división radical que adopta los nombres más variados, pero alusivos siempre a ese núcleo filosófico primordial. Esa idea puede estar representada gráficamente por un himno, un perfume o cualquier otro símbolo que evoque su inmaterialidad, su ausencia de forma. Además, esa idea está en movimiento perpetuo, aunque no se sabe ni de dónde viene ni a adónde va. En realidad, es incognoscible, indescifrable: no sabemos absolutamente nada de ella. Sólo nos llegan ecos lejanos e imprecisos a través de nuestro sentidos: del color, la meolodía, el perfume. Estas precoces descripciones modernistas son las que ofrecen esa imagen tan contemporánea, tan actual, de Bécquer.

Los poetas pretenden captar y transmitir esa idea a través de medios extraordinariamente toscos: el poeta pretende ser un vaso que recoja el perfume del ambiente. Porque el maniqueismo del poeta llega a caracterizar de manera bien diversa el mundo de la idea y el de la forma. El primero es excelso y gigante, mientras el mundo material es mezquino y banal. Llega a utilizar los adjetivos más groseas en este punto: la maquinaria del corazón es estúpida, el cuerpo es la cárcel de la que el sueño huye y el cerebro tiene una inteligencia torpe, aunque a veces pareca dejar un asomo de duda al respecto, planteándolo como interrogante:

"iquest;Todo es sin espíritu
podredumbre y cieno?
La idea y la materia, además, están en lucha. La tarea de la razón es policiaca, consiste en encarcelar las ideas. La inspiración es, por el contrario, la libertad:
Ideas sin palabras,
palabras sin sentido
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás.
La capacidad de aprehender tan sublime idea o himno es, necesariamente, limitada, porque no se puede encerrar o atar lo que corre, fluye y escapa. Esta tesis de dinámica perpetua de la idea, hace del sevillano el poeta del movimiento. Nadie ha expresado como él la fugacidad de los fenómenos, la vida como persecución, como ritmo, como cadencia. Son movimientos, además, aleatorios, que no responden a ninguna lógica: no se sabe de dónde vienen ni a dónde van. El intento de someterlas está condenado al fracaso irremediablemente, por lo que en su recorrido dejan una sensación de misterio y de impotencia. Por eso, concluye, existe poesía aunque no haya poetas: no hay cifra capaz de traducir el misterio del espíritu, aunque confiesa que
Yo no se si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros.
La tesis de la incognoscibilidad del mundo lleva directamente al fideismo: el alma no puede llegar al paraíso si, al mismo tiempo, no lo ambiciona con fe, afirma Bécquer. En última instancia, aunque no sabemos nada con certeza, el misterio conduce siempre hasta Dios:
En el mar de la duda en que bogo
ni aún se lo que creo;
sin embargo, estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.
El punto de llegada está sutilmente planteado para que no desentone, pero es igualmente taxativo, porque finalmente como toda modalidad religiosa, acaba haciendo ostentación de fetichismo, a adorar no a la idea en sí, sino a las formas materiales que la representan y que, en símismas, acaban siendo consideradas como de naturaleza divina.

Otra de las consecuencias, es la ausencia de voluntad autónoma en el hombre, en realidad movido por fuerzas exteriores y extrañas, por el azar, lo que a su vez, es expresión de abierto irracionalismo:

Eso soy yo que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
La realidad no existe. No existe una verdad científica objetiva. Y si existe, no la conocemos. Eso incognoscible sólo podemos recrearlo por el camino subjetivo de la poesia, la música o la pintura únicas vías capaces de captar las sensaciones. No obstante, la poesía es también ajena a la razón:
Mientras haya un misterio para el hombre
¡Habrá poesía!
Entre el acto poético, o sea la vivencia, y el acto creativo que constituye el oficio del poeta, el dar forma a esta vivencia -este acorde- existe una clara separación, ante todo de carácter temporal. Si el acto poético estaba mezclado por una sensación indefinible, el acto creativo es por el contrario un ejercicio ceñido necesariamente por una razón ordenadora, que traduce en palabra esa inspiración que Bécquer en la rima 42 definió a través de imágenes de elementos sin forma, cambiantes o fluyentes huracán, olas en tropel, siluetas deformes y paisajes difuminados, etc., o sensaciones indefinibles: ideas sin palabras, palabras sin sentido. Sólo el genio puede a un yugo atar las dos, o sea a la inspiración o la idea y a la razón o la forma. Y esa atadura sólo puede efectuarse por la palabra. Es la lucha becqueriana por hallar la forma, por dominar al rebelde idioma,

Siguiendo las huellas de la balada germánica, la poesía de Bécquer tiene una forma aparentemente dialogada donde las palabras yo y tú, alcanzan el máximo índice de frecuencia. El sujeto Yo es el constante emisor del mensaje poético. Y partiendo de ese Yo omnipresente, que no requiere desplazamiento de sujeto alguno ni desdoblamiento de personalidad, como en las Leyendas, el poeta se dirige constantemente a un presente en el contexto, pero sin presencia, ausente del contexto espacial del mismo. Es en realidad un monológo que destila incomunicación, soledad, salvo el ejemplo de la rima 21 que constituye, tal vez por ese motivo, la más esperanzadora del libro.

El fracaso de la esperanza de identificación amorosa convierte en entidades antagónicas el tu y el yo, proyectándose diversos aspectos formales y conceptuales. En un nivel estructural el señalado dualismo bequeriano puede analizarse como en el reflejo en la forma de esa sensación, tan del poeta, de una imposibilidad de comunicación. Con el tú de la amada o con la misma poesía con la que a veces se identifica. El enfrentamiento aparece a veces entre el poeta y la mujer amada, donde tú es igual a ideal, identificándose con la poesía. Situados en este plano el tú, (amada, poesía e ideal) y el yo poeta, ya no podrán caracterizarse como dos fuerzas contrapuestas. Otras veces en lugar de choque se describe la búsqueda, la persecución perpetua. El tú, el ideal, es algo que huye, inaprehensible, incorpóreo. Es sólo luz y sonido en el aire, y el poéta es entonces, el movimiento continuo de la ola, el cometa, el viento, en un espacio vacío sin límites ni playas. Un vacío en el que el poeta sólo hallará un rebelde y mezquino idioma para dar forma su ideal.

Las Rimas constituyen seguramente el libro de poesías más leído de toda la literatura española y sitúan a Bécquer, junto con Espronceda, como los grandés poetas líricos del siglo XIX. Pero el romanticismo había usado la expresión del sentimiento y de la subjetividad como un traje más o menos vistoso que a veces se iba complicando con oropeles y colores chillones. Era una poesía de la exterioridad cuya frecuente grandilocuencia despertaba a menudo la sospecha de insinceridad. Mientras que en Bécquer aparecen estrechamente vinculados la subjetividad y la efusión sentimental. La diferencia esencial con la anterior poesía romántica consiste en la interiorización del sentimiento. Bécquer desprende así una inmediata sensación de sinceridad y de verdad. La lectura de las Rimas nos adentra en la realidad de un drama humano cuya sencillez expresiva y voluntaria renuncia al exacerbado factor emocional, confirman la impresión de vivencia auténtica y de misterio revelado. La subjetividad de Bécquer no es declamatoria sino que se reviste con un hábito tenue, que todo lo sacrifica a la lucidez de sus sentimientos.

A la búsqueda del ritmo musical, de la expresión ajustada y noble, se une una inclinación típicamente romántica hacia lo sublime: la emoción ante la noche, la muerte o la fragilidad humana.

Sus versos están cargados de simbolismos musicales y pictóricos que anticipan futuras corrientes poéticas. En la crítica a La Soledad, define la poesía como un acorde que se arranca de un arpa y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. La poesía es la sensación que está en la realidad como las notas están en el arpa.

Las formas poéticas alternan metros largos y cortos, rechazan las consonancias excesivamente sonoras, presencia de palabras sueltas, como acentos emocionales inesperados. Esta forma libre y desembarazada abría el camino a todas las sutilezas de la moderna expansión lírica.

Pero Bécquer no se contenta con culminar y depurar todo el caudal de las corrientes románticas. Al serenar el gesto del poeta, al iniciar la exploración de zonas sutiles e imprecisas que nada deben al apasionamiento romántico habitual, el poeta de las Rimas señala el camino de las nuevas escuelas poéticas. Su culto de las densas emociones apenas sugeridas, sus paseos por los vericuetos del mundo interior pertenecen al simbolismo. Pero su economía de recursos, los toques sutiles y matizados de su paleta de colores apuntan ya hacia el impresionismo.

En el ambiente literario huero, dominado por Campoamor y Núñez Arce, fue una tardía lección de romanticismo visionario, con una obra estilizada y auténticamente lírica, tan inusual que Núñez de Arce calificó sus versos de suspirillos germánicos.

Tuvieron que ser poetas muy posteriores -Machado, Cernuda, Alberti, Salinas, Guillén- quienes descubrieran en Bécquer un poeta de gran sencillez antirretórica, extraordinaria sensibilidad y sutileza.

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